Omnia quest

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Para ser escritora…

… Para ser escritora necesitaba una hermosa casa en un paraje rústico, frente a un lago con juncos, cisnes y un pequeño muelle. Junto a la ventana instalaría mi escritorio de madera, silla antigua, máquina de escribir con papel especial; vestiría un suéter de punto (muy posiblemente verde obscuro o gris), y tendría en mis manos una taza de humeante y aromático té que colocaría en una charola cuando me llegasen las oleadas de inspiración. Hoy estoy en mi cama, con pijama (definitivamente no apropiada ni para salir de la habitación), a medianoche, cavilando sobre el destino mientras el aparato de aire acondicionado me da un toque de sutileza volándome un par de cabellos. No hay lago, no bebo té y no vislumbro ninguna epifanía que me inunde de ideas. Pero me urge plasmar algunos bocetos mentales en estas líneas y traducirlos a frases, pues mi mente va a mil por hora. Justo acabo de cambiar el fragmento siguiente del actual párrafo, pues las palabras discurren velozmente y no todas se dejan inmovilizar en una oración, así que trato de pescar las mejores, cuidadosa pero ágilmente; sin saber muy bien en qué va a terminar el escrito, mas con la certeza de que hilvanando las letras podremos transmitir arte.

Transmitir arte… ¿qué pretende el escritor? impactar, relatar, conmover, comunicar, inspirar, trascender. Dejar una huella plasmada en el tiempo, después del chapuzón en el río de palabras. ¿Contenido? Todo se puede. Analizo la magia de ello y siento un escalofrío. No hay límites. Eso es lo que atrae más de este mundo. Las ideas son infinitas y mientras se puedan concretar en fonemas, habrá quien las lea. Y esa certeza, de que algún desconocido será tocado por el sublime pensamiento que se escribe; alimenta la necesidad del escritor por sumergirse de nuevo y seguir indefinidamente imaginando, creando mundos y circunstancias, organizando teorías, evaluando autores, exponiendo puntos de vista: esa necesidad de ser leído que es el equivalente a que escuchen su voz, es el objetivo de sembrar algo en el corazón de quien lee que pudiera cambiar su vida para siempre.

La pregunta llega de nuevo: ¿cómo cambiar para siempre la vida de un lector… de quién depende? Ya he especulado sobre eso miles de veces. Y no, definitivamente no es quien escribe, sino aquél que es capaz de asombrarse y empatizar con lo que lee; quien abre su corazón y su mente a recibir un mensaje que se escribió para él, que es tan personal como si fuera una carta, dinámico y cambiante, encontrándole nuevos significados y reflexiones cada vez que se repasa.

Es entonces cuando este breve trance de reflexiones acaba. Vuelvo a encontrarme en la recámara, en la penumbra y el silencio. Sin máquina de escribir, pero convencida de que el tiempo y el lugar son los correctos para hacer llegar a cada uno de ustedes, el mensaje que en este momento requieren recibir.



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